La Tarjeta Que Hizo Que Diego Descubriera El Secreto De Camila-ruby - Chainityai

La Tarjeta Que Hizo Que Diego Descubriera El Secreto De Camila-ruby

Diego Salazar no era un hombre acostumbrado a despertar con miedo. En Lomas de Chapultepec, detrás de muros altos, cámaras discretas y puertas demasiado pesadas, casi nada lograba atravesar su sueño.

Pero aquella madrugada, a las 3:48, una voz pequeña abrió una grieta en la oscuridad. No fue un grito. Fue peor. Fue un ruego dicho desde un lugar donde nadie escuchaba.

“¡Por favor, no me pegues… ya entendí!”

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Camila Torres Salazar dormía a su lado, hecha un nudo bajo las sábanas. Tenía una mano cubriéndose la cara, como si incluso dormida esperara el golpe.

La lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia fría. La habitación olía a madera encerada, a sábanas limpias y a piedra mojada. En medio de esa calma, el susurro de Camila sonó como algo roto.

Diego se quedó inmóvil.

Llevaban apenas veintidós días casados. Veintidós días de desayunos silenciosos, pasillos enormes y conversaciones medidas. No habían llegado al altar por amor, y ninguno de los dos fingía lo contrario.

Ella necesitaba protección. Él necesitaba una esposa respetable. En su mundo, esas dos necesidades habían sido suficientes para firmar papeles, comprar un anillo y presentarse ante un juez discreto.

Diego era un hombre con enemigos, rumores y alianzas peligrosas. Había aprendido a vivir rodeado de personas que sonreían mientras calculaban cuánto valía traicionarlo.

Camila, en cambio, parecía vivir pidiendo permiso para ocupar espacio. Caminaba por la mansión como quien no quiere hacer ruido en una casa ajena, aunque legalmente ya fuera suya.

El matrimonio había sido rápido. Un vestido color marfil. Dos abogados. Un juez que evitó mirar demasiado. Sin fiesta, sin baile, sin promesas bonitas.

Un acuerdo.

Nada más.

Por eso Diego había intentado mantener distancia. No quería asustarla. No quería reclamar una intimidad que ninguno había elegido. Le daba una habitación, seguridad y silencio.

Pero aquella madrugada, cuando Camila volvió a murmurar “perdón, Rodrigo, por favor”, el nombre cayó entre ellos como una piedra.

Rodrigo Fuentes.

Diego conocía ese nombre. Empresario de transporte en Monterrey. Sonrisa de revista. Familia poderosa. Donador generoso en campañas políticas. Un hombre que sabía convertir dinero en respeto.

También era el exesposo de Camila.

El expediente que Diego había recibido antes de casarse con ella era impecable. Matrimonio de tres años, divorcio silencioso, convenio millonario, cláusula de confidencialidad.

Todo estaba demasiado limpio.

Demasiado perfecto.

Diego había visto suficientes documentos falsamente ordenados para saber que la pulcritud, muchas veces, solo era otra forma de esconder sangre.

—Camila —dijo en voz baja.

Ella se sacudió como si alguien la hubiera arrancado de una pesadilla. Abrió los ojos, respirando rápido, y durante un segundo no lo reconoció.

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