La Noche En Que Un Empleado Vio A Maradona Bailar Con Su Pasado-mdue - Chainityai

La Noche En Que Un Empleado Vio A Maradona Bailar Con Su Pasado-mdue

ACTO 1 — La ruta, el cansancio y una estación encendida

El 4 de marzo de 2006, la ruta 9 km6 parecía una línea negra cortando la Argentina profunda. A esa hora, cerca de las 3 de la mañana, casi no pasaban autos.

El viento movía los alambrados y hacía crujir los árboles junto a los campos vacíos. La lluvia de horas antes había dejado el asfalto húmedo, brillante, como si la noche todavía no hubiera terminado de caer.

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Diego Armando Maradona venía manejando solo desde Rosario hacia Buenos Aires. Tenía 45 años, el cuerpo pesado, la mente despierta y ese insomnio viejo que no pedía permiso para quedarse.

Había estado con amigos de juventud, de esos que todavía podían hablarle sin rodear cada frase con cuidado. Habían cenado asado, habían tomado vino tinto y habían recordado tiempos más simples.

En esas mesas, por un rato, el fútbol volvía a ser juego. No negocio. No deuda. No estatua. No titulares. Solo una pelota, una calle, una risa y un pibe que corría sin saber lo que vendría.

Pero después de medianoche, cuando los abrazos se terminan y los amigos se quedan atrás, cada hombre vuelve a viajar con lo que lleva adentro. Diego subió a su Toyota Land Cruiser Negra y eligió la ruta.

No quería una cama. No quería un techo. No quería acostarse a mirar la oscuridad de un cuarto mientras los pensamientos se le amontonaban encima, uno tras otro, como deudas sin pagar.

Pensaba en Dalma y Yanina, que crecían demasiado rápido. Pensaba en Claudia, en una relación que siempre había sido amor, herida y discusión al mismo tiempo. Pensaba en su cuerpo.

Ese cuerpo de 120 kg le dolía cada mañana. Había sido herramienta, bandera, milagro, castigo. Había obedecido cuando el mundo lo necesitaba perfecto. Ahora le pasaba factura en silencio.

La radio del auto había estado prendida con una estación de noticias, pero a esa hora solo quedaban música vieja, voces dormidas y comerciales de colchones. Diego la apagó sin decir nada.

Entonces quedó el motor.

Quedó el viento.

Y quedó él.

ACTO 2 — Matías, el café viejo y la radio rota

Cuando vio las luces de la Shell, no pensó demasiado. El edificio blanco y rojo parecía varado en medio del campo, con dos bombas de nafta bajo un techo metálico y una tienda pequeña iluminada.

Las luces de neón naranjas caían sobre los charcos y se partían en reflejos torcidos. El lugar tenía esa tristeza limpia de las estaciones abiertas cuando nadie necesita estar despierto.

Diego no paró por nafta. El tanque estaba medio lleno. Paró porque necesitaba café, estirar las piernas y romper la monotonía de manejar solo por una ruta que parecía no terminar nunca.

Bajó con jogging negro, buzo gris con capucha y zapatillas adidas viejas. No se había afeitado en días. La barba canosa le crecía irregular, y el pelo largo iba atado en cola.

A simple vista, no parecía una leyenda de fútbol. Parecía un camionero cansado, un hombre grande peleando contra el sueño, alguien que solo quería un vaso caliente y cinco minutos de pausa.

La campanita de la puerta sonó cuando entró. El local olía a café viejo y productos de limpieza. Había galletitas, alfajores Jorgito, bebidas, Coca-Cola, yogures y leche detrás del vidrio frío.

El mostrador tenía una registradora antigua y una jarra de café que probablemente llevaba 3 horas esperando a alguien. Detrás no había nadie al principio. Diego tocó la campana y esperó.

Desde el fondo apareció Matías, un pibe de 19 años, quizá 20 como máximo. Flaco, con acné en las mejillas y el uniforme Shell azul y amarillo dos tallas más grande.

Llevaba un trapo en la mano, como si lo hubieran arrancado de una tarea mínima. Para Matías, esa madrugada era otra más: limpiar bombas, revisar estantes, aguantar el sueño y esperar que amaneciera.

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