ACTO 1 — Antes del grito de esa madrugada, Mateo había sido un niño callado, curioso y pegado a los rincones luminosos de la casa grande de Coyoacán. Tenía diez años y todavía confiaba en que su padre siempre llegaría.
Carlos no era un hombre cruel por naturaleza. Era un padre cansado, viudo durante años antes de conocer a Lorena, convencido de que trabajar más duro bastaba para reparar cualquier vacío dentro de su casa.
Cuando Lorena entró en sus vidas, lo hizo con voz suave, ropa impecable y una manera perfecta de ordenar habitaciones ajenas. A Carlos le pareció paz. A Mateo le pareció una puerta cerrándose poco a poco.

Rosa, la nana, fue la única que notó el cambio desde el principio. Mateo dejó de dejar dibujos sobre la mesa. Dejó de correr por el pasillo. Empezó a pedir permiso incluso para tomar agua.
Rosa llevaba años trabajando en esa casa. Había visto a Mateo con fiebre, con dientes flojos, con rodillas raspadas y con miedo a las tormentas. Por eso sabía distinguir entre un capricho y una súplica.
El accidente en la escuela ocurrió en una tarde común. Mateo cayó durante el recreo y se fracturó el brazo. Carlos llegó corriendo al hospital, pálido, culpándose por no haber estado cerca cuando su hijo lloró.
El doctor colocó el yeso y explicó que habría molestias normales. Picazón. Presión. Incomodidad. Carlos escuchó con atención, asintió muchas veces y prometió vigilarlo. Lorena observó todo desde atrás, silenciosa y pulcra.
Al principio, Mateo intentó ser valiente. Decía que le dolía solo un poco, que podía dormir, que no quería molestar. Rosa le acomodaba almohadas y le llevaba agua fresca antes de que Carlos volviera tarde.
Pero luego empezó el olor. Primero fue leve, casi escondido bajo el aroma de medicina y yeso nuevo. Rosa pensó que tal vez era sudor, porque Coyoacán podía sentirse pesado incluso de noche.
ACTO 2 — Después llegó la comezón. Mateo rascaba los bordes del yeso con cuidado, avergonzado de pedir ayuda. Carlos le decía que era normal. Lorena repetía que los niños exageraban cuando querían atención.
Una tarde, Rosa encontró migas dulces cerca de la cama. No eran muchas, apenas una mancha pegajosa junto a la sábana. Cuando preguntó, Mateo juró que no había comido nada escondido.
Lorena apareció entonces con una sonrisa tranquila y dijo que Mateo siempre negaba lo que hacía. Lo dijo sin levantar la voz, con esa calma que hacía que cualquier acusación sonara razonable antes de poder defenderse.
Carlos empezó a mirar a su hijo de otra manera. No con odio, sino con duda. Y a veces la duda hiere más, porque se queda flotando en la habitación después de cada palabra.
Mateo comenzó a hablar de patitas. Decía que algo se movía dentro, que mordía, que entraba y salía. Carlos apretaba la mandíbula cada vez que lo escuchaba, cansado y asustado.
Lorena aprovechaba esos momentos con precisión. Decía que el niño no soportaba compartir a su padre. Decía que inventaba dolor para separar un matrimonio. Decía manipulación como si fuera diagnóstico.
Rosa escuchaba desde la cocina o desde el pasillo, con el trapo quieto entre las manos. No podía contradecir al patrón delante de su esposa. Pero el estómago se le cerraba cada noche.
El olor dulce empeoró. Se mezcló con algo agrio, húmedo y enfermo. Rosa lavaba sábanas, abría ventanas, cambiaba fundas, pero el aroma regresaba siempre desde el mismo sitio: la orilla del yeso.
Una mañana vio una hormiga roja en el marco de la puerta. La aplastó con un pañuelo y no dijo nada. Esa tarde vio otra cerca del buró. La tercera apareció sobre la almohada.
ACTO 3 — La noche en que todo se rompió, eran casi las dos de la madrugada. El pasillo estaba oscuro, la casa demasiado grande, y el golpe del yeso contra la pared sonaba como una alarma.
Toc. Toc. Toc. Cada impacto hacía vibrar el aire. Mateo estaba empapado de sudor, con el cabello pegado a la frente y los labios partidos por llorar sin conseguir que alguien creyera.
—¡Quítenmelo! ¡Papá, por favor! ¡Se están metiendo! ¡Me muerden! —gritó, golpeando el brazo contra el muro como si pudiera romper el dolor antes de romperse él.
Carlos entró furioso, pero debajo de la furia había miedo. Había pasado noches sin dormir, escuchando a su hijo gemir, escuchando a Lorena repetir que aquello no era dolor, sino actuación.
—¡Basta! ¡Te vas a romper otra vez el brazo! —le gritó, sujetándolo por los hombros y empujándolo hacia la cama con una fuerza nacida del agotamiento.
Mateo intentó meter una pluma bajo el yeso. La punta raspó la venda, entró apenas y salió manchada de humedad. El niño sollozó con una vergüenza terrible, como si pedir ayuda fuera un crimen.
Lorena apareció en la puerta con una bata elegante. No parecía recién levantada. Parecía lista. El cabello perfecto, la cara fría, la voz baja y afilada como vidrio.
—Te lo dije, Carlos —murmuró—. Esto no es dolor. Es manipulación. Desde que te casaste conmigo, Mateo no soporta compartirte.
—¡Mentira! —gritó Mateo—. ¡Tú sabes lo que hiciste! Su voz se quebró en la última palabra, y Rosa, desde el pasillo, sintió que algo dentro de ella se hundía.
Lorena abrió los ojos con fingida tristeza. Dijo que el niño estaba paranoico. Dijo que necesitaba ayuda psiquiátrica. Dijo que era peligroso para sí mismo, y Carlos empezó a creerle.
La escena se congeló de una manera horrible. Carlos respiraba pesado junto a la cama. Lorena no parpadeaba. Rosa sostenía una sábana limpia contra el pecho. Mateo temblaba, mirando a todos como si eligieran abandonarlo.
El vaso de agua quedó intacto en la mesita. La lámpara zumbó suavemente. Una puerta crujió con la corriente. Nadie bajó la mirada hacia el yeso el tiempo suficiente para ver lo evidente.
Entonces Rosa vio la hormiga. Era pequeña, roja, brillante bajo la luz amarilla. Cruzó la almohada sin desviarse, subió hacia el brazo de Mateo y desapareció por la abertura del yeso.
—Señor Carlos… hay algo adentro —dijo Rosa. Su voz no fue fuerte, pero cortó el cuarto con más claridad que todos los gritos anteriores.
Carlos soltó una risa amarga. Dijo que Mateo debía esconder dulces. Dijo que Rosa limpiara bien. Dijo que no metiera más ideas, porque era más fácil acusar al niño que admitir el miedo.
Mateo la miró entonces. Tenía los ojos rojos, la cara mojada, la boca temblorosa. —Nana… no estoy loco —susurró, y esa frase terminó de partirle el corazón.