El Secreto Que Un Anciano Del Desierto Guardaba Para Lucía-lbsuong - Chainityai

El Secreto Que Un Anciano Del Desierto Guardaba Para Lucía-lbsuong

ACTO 1 — LA MUJER QUE CAMINABA SOLA

El sol caía sobre la tierra seca como si quisiera quebrarla por completo. No había árboles, no había techos, no había voces humanas cerca. Solo polvo, piedras calientes y una mujer embarazada avanzando con pasos cada vez más lentos.

Se llamaba Lucía, tenía apenas veinticuatro años y llevaba tres meses viviendo con una ausencia que no sabía nombrar sin que se le apretara el pecho. Su esposo había muerto en un accidente extraño, confuso, de esos que dejan más preguntas que respuestas.

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Desde entonces, el mundo había cambiado de rostro. Los vecinos que antes le ofrecían pan o conversación comenzaron a cerrar puertas. Algunas mujeres bajaban la voz cuando ella pasaba. Algunos hombres fingían no verla cuando pedía trabajo por unas monedas.

—No queremos problemas —le dijeron más de una vez.

Lucía nunca respondió con rabia. Se tragaba las palabras, apoyaba una mano en su vientre y seguía andando. Había aprendido que una viuda pobre debía pedir permiso incluso para tener hambre, y aun así no siempre se lo concedían.

El bebé se movía dentro de ella como una pequeña insistencia. Esa vida era lo único que la obligaba a levantarse cada mañana, incluso cuando el techo de su casa parecía más bajo y el silencio más grande que cualquier compañía.

Aquel día salió porque no quedaba nada. Ni pan duro, ni frijoles, ni un poco de leche. Solo una botella pequeña de agua y la esperanza cansada de encontrar algo antes de que el hambre le doblara las rodillas.

ACTO 2 — EL DESIERTO Y LA FIGURA INMÓVIL

La tierra estaba partida en líneas profundas. Sus sandalias, ya gastadas, dejaban entrar granos de arena que le raspaban la piel. El aire olía a polvo caliente, a piedra quemada y a esa sequedad amarga que se pega en la garganta.

Lucía caminó durante horas. Cada vez que miraba atrás, el camino parecía borrarse bajo el viento. Cada vez que miraba adelante, solo encontraba más distancia, más luz blanca, más silencio esperando tragársela.

Pensó en su esposo. Pensó en la última vez que lo vio salir, en la forma en que le prometió volver temprano, en el beso rápido que le dejó en la frente. Después llegaron voces, confusión y una explicación incompleta.

Nadie supo decirle exactamente qué había ocurrido. Unos hablaron de un mal paso. Otros de una carga mal asegurada. Otros, con ojos evasivos, dijeron que era mejor no preguntar demasiado. Lucía nunca olvidó esa frase.

Mientras avanzaba, una sombra irregular apareció a lo lejos. Primero pensó que era una roca. Luego creyó ver la forma de un animal muerto. Se detuvo, respirando con dificultad, mientras el viento le pegaba el vestido contra las piernas.

Algo dentro de ella le dijo que se acercara. No fue curiosidad. Fue una sensación más honda, como si una parte de su pecho hubiera reconocido una llamada antes de que sus ojos entendieran lo que veían.

Cuando estuvo más cerca, distinguió una mano humana sobre la tierra.

ACTO 3 — EL HOMBRE QUE AÚN RESPIRABA

Lucía llegó tambaleándose hasta la figura. Era un anciano, tendido boca arriba, con la piel quemada por el sol y los labios partidos. Su camisa estaba rígida de sudor seco, y su respiración apenas levantaba el pecho.

—Señor… —susurró, agachándose con dificultad—. ¿Me escucha?

El hombre no contestó. Tenía los ojos cerrados y el rostro hundido por el cansancio. Pero su pecho subía y bajaba muy despacio. Aquella mínima señal fue suficiente para cambiarlo todo.

Estaba vivo.

Lucía miró alrededor. No había casas, ni carros, ni animales, ni una sombra cercana donde pudiera pedir ayuda. El desierto estaba quieto, inmenso, indiferente, como si ya hubiera decidido que ese hombre no saldría de allí.

Su primera idea fue irse. No porque fuera cruel. Porque tenía miedo. Ella misma estaba débil. Tenía la boca seca, las piernas temblorosas y una vida creciendo dentro de ella que dependía de cada gota que conservara.

Se llevó una mano al vientre.

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